martes, 14 de marzo de 2017

¡¿Por qué me enamoro de un celoso-posesivo?!

Cada vez que celebramos un 8M, cada vez que abordamos un tema de malos tratos… hablamos de prevención. Y para prevenir hay que intentar entender el comportamiento humano. Porque las personas no llegan a situaciones extremas porque sí. Todo tiene un proceso y en ese proceso intervienen las ideas equivocadas pero también las emociones, los sentimientos.

La sociedad ya no le dice a la chica que obedezca a su novio o a su marido. Parece que el mensaje está claro. Pero… en las consultas seguimos viendo chicas muy jóvenes que aceptan situaciones de sometimiento. “No vayas al gimnasio porque te miran todos”;”No te pongas esa falda tan corta”; ”¿Vas a salir otra vez con tus amigas?”.

Cuando esta chica se da cuenta de donde se ha metido, han pasado ya unos años; tal vez, incluso ha tenido hijos. Ella confiesa que ha ido cediendo para no tener problemas. Que lo hizo sin darle importancia, hasta que poco  a poco, el sometimiento fue insoportable.

¿Pero qué tenía ese hombre para que se enamorara de él?

No creo que haya un solo perfil de este tipo de hombre, controlador, machista y posesivo pero he visto muchos, con unas características parecidas: inseguro, con pocos amigos, poco apoyo social… que se refugia en esa mujer, su pareja. 
Al principio la chica siente que él la quiere muchísimo. Algunas dicen que nadie las ha querido tanto. Él está pendiente de ella, en muchos casos, obsesionado con ella. No quiere perderla por nada del mundo, por eso la controla, no quiere que nadie se la quite.

Al principio, ella se enamora, se siente muy querida. A medida que va pasando el tiempo, se da cuenta de que algo no funciona, pero ya le quiere y, muchas veces, lo compadece porque sabe que en el fondo es un “desgraciado”; algunos incluso tratan de dar pena, se consideran víctimas de un pasado triste, de una infancia desgraciada.


Deshacerse de este hombre que se ha obsesionado contigo, que te dice que te necesita para vivir, es difícil, muy difícil. Te prometerá lo que quieras oír o te asustará, te dará miedo. Pero esto ya es otra cuestión. De esto hablan los medios continuamente, de cómo salir de esa situación. Y no en todos los casos él es realmente peligroso, aunque siempre te lo pone difícil.

Mi intención era ir al origen y hacernos reflexionar: ella le elige a él porque él “la adora”… ¡¡¡Cuidado!!!

Hoy me he dirigido a “ellas”, pero “ellos” también merecen atención, también sufren mucho.


martes, 3 de enero de 2017

Soy madre trabajadora y me siento culpable.

Creo que hay muchas formas de vivir y todas ellas son válidas. El problema es cuando uno siente que varias facetas de su vida son incompatibles y no puede prescindir de ninguna. Y eso les pasa a muchas madres trabajadoras.

Hablamos del techo de cristal de las mujeres, por el cual no llegamos a los consejos de administración, a la dirección de las empresas, a rectoras, catedráticas o científicas reconocidas. Cada vez las trabas legales son menores, las sociales siguen estando ahí, pero van disminuyendo. La sociedad patriarcal, en esta zona del mundo, va siendo más flexible. Pero parece que hay barreras que no superamos. ¿Pueden depender de nosotras mismas?

Desde la psicología, vemos los comportamientos individuales. De hombres y mujeres, de padres y madres. Y nos encontramos, a menudo, con madres que se sienten terriblemente culpables por estar trabajando en lugar de estar con sus hijos. Su única justificación, la única que parece calmar sus remordimientos, es que el dinero que ganan lo necesita su familia.

En algunos casos, son profesionales brillantes que ocupan puestos de responsabilidad; su trabajo les gusta y lo hace bien. Acuden a nuestras consultas porque viven un estrés brutal. Su puesto les requiere, a veces, trabajar por la tarde, o terminar un poco después de lo previsto y, estas mujeres lo viven con una angustia tremenda. En muchos casos se plantean pedir una reducción de jornada o demandar un puesto de menor responsabilidad. Saben que, si hacen eso, su carrera profesional se resentirá; tendrán un puesto menos interesante. Dudan, se torturan, sienten angustia. En otros casos, no pueden cambiar su horario de ninguna manera.

Por supuesto la conciliación de la vida familiar y laboral es importante pero… ¿Igual de importante para padres y madres? En la teoría sí, pero lo que vemos habitualmente no es eso. Acaban de ampliar el premiso de paternidad, eso está bien, estaremos atentos a saber cuántos hombres -que no sean funcionarios o empleados públicos - lo disfrutan.



Muchas madres están obsesionadas con que sus hijos les echan de menos; esas madres, se sienten tan culpables, que cuando están con sus hijos se sienten en la obligación de estar atendiéndolos permanentemente, jugando con ellos, ayudándoles.

No dedican nada de su tiempo a ellas mismas; tienen claro que el tiempo que les quitan a sus hijos, por el trabajo, lo tienen que compensar dedicándoles el resto.

Consecuencia: No disfrutan del trabajo, porque no están relajadas, quieren hacerlo bien pero terminando lo antes posible, y, cuando llegan a casa pretenden que todo sea perfecto para compensar, quieren eso que han oído llamar “tiempo de calidad”. La consecuencia es la frustración permanente, porque los niños tienen sus rabietas, sus cansancios, sus caprichos y “el tiempo de calidad” a veces es simplemente, tiempo normal.

Aunque los padres –hombres- tienen más claro, en la actualidad, que quieren estar con sus hijos; no sufren la culpa por no estar con ellos de la misma manera que las madres, no se obsesionan con que sus hijos les echan de menos y se permiten seguir teniendo hobbies y momentos para ellos mismos.

A las madres les preguntaría:
¿Quién decide cuántas horas deben pasar los hijos con sus madres?
¿Alguna madre, hace 40 años, jugaba con sus hijos?
¿Los niños saben que las madres tienen que estar con ellos desde las 3 en vez de las 7?
¿No somos nosotras mismas las que les trasmitimos la angustia de la separación?

No obstante, creo que si lo que te apetece es estar con tus hijos y te lo puedes permitir, permítetelo, trabaja menos o no trabajes. Y disfruta. Lo que no puedes, es machacarte dudando. Y si decides que tu trabajo es importante, disfrútalo también. Y piensa que a tus hijos probablemente les haces un favor. Serán más independientes, aprenderán a entretenerse solos, se relacionarán con más personas “cuidadoras”, seguramente, serán mentalmente más fuertes.

Hagas, lo que hagas: hazlo sin angustia. Lo peor que pueden ver tus hijos es tu angustia.



domingo, 28 de agosto de 2016

¿En qué consiste hacer terapia?

Muchas personas al pedir cita para venir a la consulta, me dicen qué no saben cómo es eso de hacer terapia; se sienten confusos, e incluso asustados a veces. Por eso quiero explicar en qué consiste el proceso terapéutico que yo aplico, y que es muy parecido al de todos los psicólogos de formación cognitivo-conductual; es decir, los que seguimos un método científico.

En la primera cita, el paciente me cuenta todo lo que considera importante sobre sus problemas, su situación, su vida… A continuación, le entrego una serie de pruebas, test y autorregistros que, normalmente, hará en casa. Después de corregir los test, y habiendo obtenido mucha información, hago un diagnóstico y una propuesta de tratamiento; se lo entrego al paciente para ver si está de acuerdo. En ese momento, el paciente empieza a trabajar en el cambio.



Los ejercicios varían dependiendo del problema concreto pero, en todos los casos, después de lo que hablamos en la consulta, el paciente tendrá “deberes” que deberá hacer en su vida diaria. Lo más importante es lo que el paciente hace fuera de la consulta: a veces, tiene que escribir sobre lo que estamos tratando, otras veces tendrá que enfrentarse a temores, obsesiones etc.; o se comprometerá a incluir en su vida nuevas actividades, etc. etc.

Cuando es necesario, en la consulta ensayamos alguna técnica de relajación o entramos “en imaginación” en alguna situación problemática; pero, la relajación deberá ensayarse y utilizarse en la vida real y el paciente deberá enfrentarse a las situaciones temidas en la vida real. Alguna vez, muy excepcionalmente, puedo tener una sesión fuera de la consulta para abordar algún problema concreto (por ejemplo, con alguien que sufre ansiedad en la calle).

Solemos vernos al principio una vez por semana y, más adelante, solemos distanciar las sesiones y vernos cada 15 días. La duración de la terapia depende del caso y, también, de lo que la persona pretenda. Algunos solo quieren acabar con sus problemas más inmediatos, mientras que otros quieren un cambio más profundo.


El éxito de la terapia depende en gran medida de la actitud del paciente. Las personas que están dispuestas a cambiar y trabajan para superar sus problemas, suelen conseguirlo. Una terapia ordenada es la clave del éxito. Los terapeutas ponemos nuestros conocimientos y, a ser posible, nuestro entusiasmo, los pacientes hacen la parte más importante. 

viernes, 22 de julio de 2016

Decir "NO PUEDO" es cerrarte puertas.

La forma en que nos hablamos a nosotros mismos es determinante. Pensamos con palabras; y con esas palabras condicionamos nuestras emociones y nuestra conducta.

Cuando alguien me dice: “No he podido…”, incluso añade “qué más quisiera pero… no he podido”; yo suelo pedirle que lo cambie por… “Me costaba mucho y no he querido hacerlo”. Se resisten a aceptarlo, entonces les pregunto si lo hubieran hecho si, por ejemplo, la vida de alguien muy querido hubiera estado en peligro. Entones dicen: “Hombre… sí, claro…” Para completar la explicación digo: “Si te pidiera que volaras para salvar la vida de alguien, entonces no podrías, seguro que no, o sea que poder o no poder es otra cosa”.

Generalmente, se trata de aguantar la ansiedad, de enfrentarse a los miedos, de hacer algo que cuesta… y uno dice: “no puedo” y con eso cierra todas las puertas.

Las personas que deciden no hacer aquello que les cuesta mucho, creen que todos los demás vamos por la vida como flotando, con una gran ligereza y todo nos sale… “de natural”. Creen que aprendemos a conducir sin esfuerzo, acudimos a entrevistas de trabajo sin nervios, nos relacionamos con nuestros jefes siempre con alegría…  En fin… no tienen ni idea.

Enfrentarte a la ansiedad - que cada uno sufre a su manera -  es lo que te permite dejar de fumar. Es lo que te permite dejar una relación que sabes que te hace daño. Es lo que te permite acudir a entrevistas de trabajo, hacer exámenes, emprender negocios, o bien enfrentarte a la fobia a conducir o a viajar en avión o…

Es verdad que las personas que sienten grandes dosis de ansiedad lo tienen más difícil, pero el hecho de no enfrentarse a ella hace que ésta cada vez dé más miedo, y ese miedo hace que la ansiedad crezca. Es decir, la pescadilla que se muerde la cola.

En algunos casos es necesaria una terapia que te ayude a enfrentarte a la ansiedad. A entenderla y a entender lo que estoy diciendo.  Pero, si quieres intentarlo por ti mismo recuerda…

Cuando decides que NO QUIERES enfrentarte, al menos, no te engañes: di “NO QUIERO. Porque prefiero no sufrir. Así que abandono”. Pero poder… sí puedes.


miércoles, 4 de mayo de 2016

Su peor pesadilla era la posibilidad de tropezarse el día de su graduación.


Llevaba varios meses pensando en su ceremonia de de graduación. Era una universitaria a punto de acabar su carrera, veintitantos años, de padres universitarios, con buen nivel de vida. Su peor pesadilla era la posibilidad de tropezarse al subir al escenario. No tenía que hablar, no tenía que hacer nada; solo subir, le ponían una banda y bajaba; además, como eran muchos, subían varios a la vez.

Traté de hacerle ver que aquella ceremonia no tenía ninguna importancia, que era solo una fiesta y que, además, era algo voluntario, su carrera no dependía de eso. Me dijo que para su madre era importante. Y pensaba que ella se podía desmayar de miedo, la gente le daba miedo, incluso la opinión de su familia le daba miedo.

Aunque este caso pueda parecer extremo, en las consultas vemos muchos así; personas para las que hacer el ridículo es algo grave, que les produce un profundo sufrimiento.

Evidentemente este comportamiento empieza en la infancia, tiene que ver con las relaciones escolares pero, sobre todo, con la visión que los adultos, padres y profesores, trasmiten a los niños.

Ahora que estamos tan preocupados por el acoso escolar, tal vez consigamos que ningún niño se meta con otro, pero, no podremos conseguir por miedo a la policía - que según parece es la táctica- que todos los niños sean amigos de todos. El niño-a que esté aislado seguirá aislado. 

Me parecería mucho más interesante enseñar a los niños a perder el sentido del ridículo, a hablar en público, a no tener miedo a la opinión de los demás, incluso a encajar las bromas. Con esto no quiero decir que no haya alguna conducta peligrosa que haya que parar, pero, creo que debemos enseñar a los niños a ser fuertes, además de a ser buenos, que también.




La pobre chica del relato no ha tenido unos padres que le enseñasen a tomarse la vida con sentido del humor; por el contrario, la animaban a ser “normal, como los demás”, la criticaban por ser “rara” y querían que fuera la más elegante de su ceremonia de graduación. La pobre, fue a esa fiesta como si fuera al patíbulo. 

jueves, 28 de enero de 2016

La vida como un juego.

Me gusta decirles a los pacientes que deberían tomarse la vida como un juego. Algunos lo entienden, otros se oponen frontalmente. Dicen: “Mis proyectos son muy importantes para tomarlos como un juego”,   ”Yo no me tomo como un juego a mi familia, ni mis obligaciones”.

Los que más se oponen a este planteamiento suelen ser los que más se presionan y más sufren, y, en muchos casos, más fracasan porque la ansiedad, el miedo, no les permiten sacar partido a sus habilidades.

Cuando los niños juegan lo hacen poniendo en ello toda su concentración, todas sus ganas y toda su pasión; pero sin miedo a hacerlo mal, no hay presión, hay placer, hay entrega. De eso se trata.

Desgraciadamente, hay muchos que piensan que la presión, incluso el sufrimiento, son indispensables para hacer cosas “importantes” en la vida. Se equivocan.

Las circunstancias actuales hacen que la mayoría esté muy preocupada por el puesto de trabajo y, es probable, que esto lo consideren una frivolidad. Pero, creo que uno debería plantearse, siempre, trabajar en lo que le guste.

Alguien me dijo hace poco “Me acabo de jubilar, es como si hubiera salido de la cárcel”. Pensé que había vivido muy equivocado. ¿Cuánto tiempo ha estado esa persona en la cárcel, cuántos años?

Me diréis que todo el mundo no puede trabajar en lo que quiere, pero, lo cierto, es que muchos no lo intentan. Sus prioridades son la seguridad, el tiempo libre, ganar más… Cuando a esta persona le comenté que dedicaba muchas horas a mi trabajo, empezó a discutirme; no entendía, o no quería entender, que viviera el trabajo como un juego apasionante.

Elegir trabajos que te gustan es una forma de aproximarse al juego. Incluso plantearte la posibilidad de cambiar de juego, cuando ya te lo sabes y te aburres.

Estudiar con pasión, trabajar con pasión, amar con pasión… y también dejarlo, cuando no funciona. En esto consiste. La pasión del juego, una pasión que dura lo que dura el juego.

Hacerlo como un juego implica aceptar que cometeremos errores. Oigo muy a menudo a personas que me dicen “es que no puedo fallar”. Pensar que no puedo fallar es la mejor manera de equivocarme. La seguridad en uno mismo depende de muchos factores, pero, sin duda, las personas relajadas, que se proponen retos alegremente, tienen muchas más posibilidades de salir adelante, y, sobre todo, de no sufrir inútilmente.



La vida nos trae situaciones inevitablemente dolorosas, que tienen que ver, fundamentalmente, con los afectos. Las pérdidas de todo tipo: alejamientos, decepciones… muertes

Algún momento triste nos deparará la vida, sin duda. Momentos que tendremos que aceptar. A ser posible, también como los niños… llorando todo lo que nos pida el cuerpo y buscando algún “juego” que nos reconforte. Siempre con proyectos… de vida, de trabajo, de juego.


lunes, 21 de septiembre de 2015

No te compadezcas de ti mism@.

La vida nos ofrece, siempre, momentos dolorosos. Además de los más dramáticos que suelen ser los fallecimientos de personas muy cercanas; podemos pasar por… el abandono de nuestra pareja, de nuestros hijos; vivimos traiciones de hermanos, de amigos, de cónyuges; nos sentimos injustamente tratados por compañeros, familiares, padres, hijos… Pasamos por enfermedades, nuestras o de los que nos rodean. Vivimos momentos de ruina, de carencias… hay tantas posibilidades de sufrir que no acabaríamos nunca de relatarlas.

El sufrimiento forma parte de la vida, sí, pero si queremos sobrevivir a él y seguir viviendo, tenemos que aprender a no compadecernos de nosotros mismos. Si nos damos lástima estamos perdidos.

Compadecerte es buscar argumentos para sentirte mal. Darte la razón para sufrir.

Me diréis que esos pensamientos que te recuerdan y alimentan tu dolor, aparecen sin que te los propongas… sí, así es. Pero te aconsejo que “los mantengas a raya”.

No caigas en la tentación de darte razones para sufrir. He visto pacientes que llevaban muchos años sufriendo para demostrar  -de forma no muy consciente- que su familia se había portado mal con ellos. Dejar de pensar en lo que les hace daño es para estas personas como perdonar, y como no quieren perdonar, tienen que seguir sintiéndose mal.

Aunque tengas razones para sentirte mal, puedes elegir sentirte menos mal, incluso sentirte bien.

Técnicamente se utiliza la palabra “resiliencia” para designar la capacidad de los individuos, y también, los grupos, para superar las etapas de dolor. Nuestra actitud respecto al dolor es fundamental para tener resiliencia. Insisto: no te compadezcas de ti mism@.

lunes, 29 de junio de 2015

¿Cuándo van a poder salir del armario los enfermos mentales?

Que los trastornos mentales son enfermedades es una obviedad; no creo que nadie lo dude hoy en día. ¿Por qué, entonces, la persona que los sufre se siente culpable?

Hace unos días me decía una paciente que temía no estar a la altura en una tarea que se había propuesto. Temía que los demás se dieran cuenta de que no daba la talla. La paciente padece un trastorno bipolar; se medica, acude a terapia y hace todo cuanto está en su mano para intentar mejorar, pero tiene épocas muy malas – debidas a su biología - y esta era una de ellas. Yo le pregunte: “Si tuvieras cáncer, te dieran quimioterapia y te sintieras débil ¿También te preocuparía lo que los demás pensaran de ti?” Me dijo que no.

Como este caso podría contar cientos; los enfermos se sienten culpables, se sienten incomprendidos. Y es que hay una resistencia social a entender que un enfermo mental no puede acabar con su enfermedad solo por tener voluntad de hacerlo, incluso, en algunos casos, no podrá acabar nunca con su enfermedad.
Hay patologías muy graves y otras que, aunque menos graves, también limitan mucho la capacidad de disfrutar, de actuar, de ser autónomo, de ser libre.

Al igual que ocurre con el resto de enfermedades, el paciente puede poner de su parte o no. Si se esfuerza, seguramente conseguirá vivir mejor. Pero hay muchos trastornos en los que, parte del trabajo terapéutico, consiste en ayudar a aceptar la enfermedad, enseñar a convivir con las limitaciones.


El porcentaje de personas con trastornos mentales es muy alto; según las estadísticas entre un 15 y un 20% de la población desarrollará alguno a lo lardo de su vida. ¿Cuándo van a poder salir estas personas del armario?